Después de una ausencia superior a los 10 años, tuve la ocurrencia de visitar a mi hermano y a su familia. Me encontré con la novedad que la familia se había disgregado; sus hijos se habían casado y radicado en el exterior, y el matrimonio se había roto, quedando ambos en buenas relaciones amistosas.
Al reencontrarnos, mi ex cuñada, nos invitó a almorzar en su casa de campo; mi hermano pasó de la invitación, y a mí no me quedó más alternativa que aceptar. Para llegar a tal lugar debí embarcarme en un bus, y descendiendo en una determinada estación, me encontré con un auto a mi disposición y las señas para llegar a la citada casa.
Mi ex cuñada estaba cocinando un tierno cochinillo, y me hizo servir un aperitivo tradicional de la zona. Charlamos sobre mis cuitas por la vida, y de los desencuentros con mi hermano, los que desembocaron en su divorcio.
Nos sentamos a la mesa y dimos cuenta del exquisito manjar, que es un cochinillo muy bien aderezado. La conversación retornó a la separación del matrimonio, y debido a sus labores en el campo y a los pocos visitantes que recibía, era escasa su actividad sexual, que por otra parte, había sido una de las causas que colaboraron para su divorcio.
Nos dirigimos a la sala para libar un buen café, ricamente regado con brandy. Cuando la confianza tomó ribetes algo más que familiares, elevados en su temperatura por los licores, me contó que al casarse con mi hermano, con quién había tenido sus primeras intenciones era conmigo, y ante mi indiferencia optó por unirse a mi hermano.
La conversación tomó un cariz más amistoso, y me manifestó que lo le disgustaría tener un encuentro sexual conmigo; no me hice de rogar y le respondí que sería a mi manera. Sugerí que nos diéramos una ducha en común, y nos dirigimos al baño.
La ceremonia de desnudarnos fue de carácter familiar, y a poco estábamos bajo la regadera de la ducha, dentro de una antigua bañera enlozada. El enjabonarse mutuamente y la limpieza con la esponja, no se hizo esperar. Espalda, cintura, culo, mano deslizándose por la entrepierna, y me encuentro con un peludo, si que espeso Monte de Venus, y unos labios exteriores de gran tamaño. Recibí a la recíproca las suaves caricias de la esponja y de la mano femenina, que al sobarme los huevos y acariciar mi nabo, provocaron la consabida erección.
Mi primer contacto, como para romper el hielo, fue una aproximación a su espalda, y el consiguiente apoyo de mi rábano a sus nalgas. Al sentir tal contacto, ella comenzó a arquear la espalda, para finalmente apoyar sus manos en los bordes de la bañera. El agua, el jabón y sus efluentes líquidos naturales, amalgamados a la dureza de mi pija, facilitaron una primera introducción. Sus labios interiores no eran menos grandes que los exteriores, y mi pija (que no es de las más chicas) se encontró con una enorme cueva, donde podía hacerse un baile de máscaras. Le rodeé la cintura y traté de encontrar el botoncito del placer… y encontré lo que presentía: un clítoris tan grande como un pezón. Lo acaricié y puedo asegurar que siguió creciendo.
Entre el bombeo de mi pelvis y las caricias de mis dedos, poco tardó en emitir unos pequeños gemidos, que fueron creciendo hasta convertirse en un grito estentóreo, que de no haber sido porque nos encontrábamos en una casa a pleno campo, la habrían escuchado en varias decenas de metros a la redonda. No tardé en derramarme en su interior, con un inusitado placer y con ronquidos que no pudieron llegar a ser empate.
Decidimos ir a una playa cerca de la casa, donde se podía practicar el nudismo. Acordamos ir sin necesidad de vestirnos; en el trayecto un azorado camionero, estuvo a punto de volcar su vehículo, al reparar en nuestras desnudeces. No había mucha gente, pero los que allí estaban, vestían los trajes de Adán y Eva. La caliente arena hizo que apuráramos el tranco, para sumergirnos en las cálidas aguas. De poco o de nada servían las escasas lecciones de natación que tuviéramos en nuestras respectivas juventudes, por lo que nos dedicamos a infantiles juegos en el agua… manotazo por aquí, roce por allá… y la dureza del miembro viril que luzco entre las piernas, se asemejaba más a un periscopio, que a un pequeño trozo de madera de algún naufragio.
No se hizo esperar la proximidad de mi ex cuñada, que levantando fácilmente una pierna, ayudada por la ingravidez del agua salada, me invitó a una nueva introducción. Fuertemente abrazados para que no nos voltearan las olas, iniciamos un juego de vaivén que debido a la proximidad de los anteriores polvos, se prolongó por interminables minutos. Acabamos casi al unísono, y dejé que la polla se escapara de su chocho, recién cuando tomó su estado natural.
Caían las primeras sombras de la noche, cuando decidimos dejar la arena, donde nos habíamos acostado para una reparadora siesta, y emprendimos el regreso (siempre desnudos), llegando a la casa de mi ex cuñada, ya entrada la noche. Me ofreció dormir allí, a lo que me opuse; le prometí una nueva visita y me alcanzó hasta la terminal de bus, para que pudiera dormir en la casa de mi hermano.
Mi hermano jamás supo (por lo menos de mi boca) lo que había sucedido aquel día, en mi encuentro con su ex esposa. Han pasado muchos años y no he vuelto a saber de ella… pero no me disgustaría, tener un grato reencuentro del mismo tipo.


