Silvia siempre sintió adoración por su hermano. Aún cuando sus relaciones eran algo distantes. Él era para ella el hombre ideal, y su marido distaba muchísimo de su imagen, pese a lo cual estaba casada hace más de una década y tenía dos hijos.
Nunca habían tenido “contacto” alguno de chicos. Apenas algunas “espiadas” mutuas. De ella buscando observar a su hermano mayor, y de él una vez que la hermanita dejó de ser tal y empezó a lucir un hermoso par de melones. Todo muy Light… Hasta que un día, ella se atrevió a entrar al baño mientras él se estaba duchando en el baño de la casa materna.
“No aguanto… ¿Ya estás adentró de la ducha?”, preguntó. Y con el aprobado del otro lado hizo su entrada triunfal.
Para Javier era divertido, su hermana, sentada en el inodoro, tendría una vista preferencial de sus atributos, y la verdad es que disfrutó sentirse observado. Para Silvia la osadía inicial se trastocó en vergüenza cuando se vio sentada, de frente a la mampara de vidrio que la separaba de su hermano desnudo. Pero un par de minutos le bastaron para tomar coraje suficiente como para mostrar disimuladamente su vello púbico mientras se arreglaba la ropa. Lo que se dice un juego, pero la historia quedó dando vueltas en la cabeza de ambos. ¿Habría segunda parte?
El encuentro se produjo de la misma manera como se había producido el primero: por casualidad y en casa de Mamá. Javier estaba solo, arreglándole la computadora a la “vieja”, y Silvia llegó, sola, en busca de unos libros.
Javier estaba tomando mate, y Silvia rechazó la invitación alegando dolor de panza, lo que llevó la charla hacia las diferentes formas de combatirlo, entre las que se encontraba un masaje que Mamá le había enseñado a su hijo mayor. “¿Me hacés un masaje para ver si se me pasa?”, tiró ella, consiguiendo automática aprobación de su hermano. “Pelá panza y tirate boca arriba en la cama”, ordenó él.
Silvia enfiló para la pieza, y sin dudarlo se sacó jean y remera, poniendo ante los ojos de su hermano un sugerente conjunto de ropa interior con transparencias, que permitía observar bello púbico y pezones. Javier arrancó con el masaje propiamente dicho (movimientos circulares en la zona abdominal), sin perderse detalle de los pechos de su hermana, pero una vez que ella se empezó a relajar comenzó a ampliar su radio de acción, rozando con la mano la base de los pechos y la tanga.
Ella cerró los ojos y se mostró relajada, como disfrutando del masaje, y deslizó: “Las molestias en la boca del estómago ya pasaron… Ahora me duele más abajo”. “Tengo que masajear más abajo entonces”, contestó Javier, comenzando a pasar la mano por encima de la tanga, provocando deliberadamente que sus dedos se trabaran de tanto en tanto con el elástico, para dejar sentado que la prenda lo estaba molestando. “Bajate un poquito más la bombacha”, sugirió él, a lo que ella contestó con una sonrisa pícara. “Si a vos no te molesta, me la saco… Total, no vas a ver nada que no hayas visto antes, ¿no?” Y acto seguido se sacó la tanga, ante los ojos de su entusiasmado hermano. “Ahora podés masajear tranquilo”, dijo ella. “Hacé lo que tengas que hacer, con tal que no me duela más la pancita”, cerró con tono sugerente.
Y Javier puso manos a la obra. Primero ampliando su radio de acción circular hasta tocar intencionalmente el bello púbico de Silvia, para luego empezar a acariciar y masajear muy cerca del nacimiento de la raja. Ella ya estaba entregada, al punto que abrió un poco más sus piernas, en clara muestra de lo que estaba buscando, y él siguió avanzando.
El masaje se focalizó decididamente sobre la concha de Silvia, que abrió aún más sus piernas dejándola a disposición de Javier, que sin dudarlo comenzó a masajear la ya mojada vagina de su hermana, que se movía disfrutando a pleno del momento acompañando con suaves gemidos y movimientos de cadera. Los dedos de Javier iban y venían por la raja de Silvia, que disfrutaba a pleno del “masaje”, por lo que él se decidió a disfrutar también de sus tetas, acariciándolas por el momento sobre el corpiño.
“Chupame la concha”, dijo ella con un tono que era mezcla de orden y súplica. Y Javier demoró menos de un segundo en posar su cara entre sus piernas. Silvia se movía y disfrutaba. Javier chupaba la concha de su hermana y le amasaba las tetas en una postal de sexo desenfrenado increíble.
“Tocate las tetas”, ordenó ahora él, y Silvia obedeció llevando sus manos hacia sus pechos, que en cuestión de segundos estaban despojados de la ropa interior que los cubría. Javier estaba al palo, y sin dejar de hacer lo suyo en la concha de su hermana, se fue desvistiendo hasta quedar desnudo, y de a poco fue subiendo desde la vagina hacia las tetas de Silvia. Se posó parado entre sus piernas y la penetró.
Bombearon juntos hasta llegar al clímax, quedando luego extenuados, acostados boca arriba.
Ella fue la primera en recuperar el aliento, se puso de costado y empezó a acariciar la pija de Javier, que estaba en clara posición de reposo.
“Ahora te toca chupar a vos”, dijo él, y Silvia no se hizo rogar, dándole a su hermano una mamada de campeonato., aunque sin hacerlo acabar, porque la quería dura para otra sesión, por lo que se acomodó encima y acomodó su pija hasta metérsela en la concha. Javier tenía ante si una vista inmejorable de los hermosos pechos de su hermana, de los que disfrutó con manos y boca durante un rato. Ella se movía suavemente, buscando frotar su clítoris, hasta que entraron en la recta final, Javier apoyó la espalda nuevamente en la cama y Silvia comenzó a cabalgar hasta llegar nuevamente al orgasmo.
Después, un par de minutos de silencio, la ducha rápida de Javier para recomponer su imagen antes de la partida y el inevitable compromiso de dejar lo ocurrido en el mayor de los secretos.
“¿Se te pasó el dolor de panza?”, fue la última frase de él antes de subir al auto. Seguro que si, ¿no?







