Siento escalofríos de placer al estampar los hechos de que voy a ocuparme. Dedico mi relato a todos mis colegas en cuernos, conscientes o no, los primeros ya habrán experimentado el deleite de saberse cornudos y no necesitaré recalcarles el extremo placer que sienten por cada centímetro que sus mujercitas les agregan.

Los segundos deberán aprender a trastocar el dolor en placer, y para ello basta pensar en el momento apasionado que las esposas pasan en brazos de sus amantes, lo radiantes que vuelven de sus encuentros, la felicidad de saber que no serán recriminadas por sus maridos, las confidencias en el lecho matrimonial, los besos de agradecimiento por ser tolerantes, la complicidad de ambos frente al tercero que cree engañarnos, y sobre todo el saber que sabremos todo, absolutamente todo lo que hace nuestra mujer, despejada la más mínima duda frente a la confesión absoluta y total de la relación amorosa que mantiene fuera del hogar.

Yo fui uno de los que se creyeron únicos dueños de una mujer hermosa y tentadora, como si fuera una estatua de un parque público, cuando en realidad es ella la que se siente totalmente dueña de sus pasiones, de sus deseos, del placer estético que le brinda un hombre apuesto, hábil en las lides del amor.

Nos casamos enamorados pese a la diferencia de edad, ella con 26 años, yo 50. Ella supo siempre que yo quería su felicidad por sobre todas las cosas, pero tampoco imaginaba que fuera tan complaciente como lo fui.

En plena luna de miel en Río acogió de buen grado el cortejo de un empleado del hotel al que entregó sus labios y algo más, como me confesó tiempo después, dentro de un ascensor. Y en una de las excursiones, su escote y lo que hacía resaltar generosamente con el mismo era mas bello panorama para los hombres que las bellezas naturales por donde pasábamos. Lejos de molestarme, me causaba orgullo y los comentarios que me hacía por las noches acerca de los resultados de su provocativa figura, predisponían a una unión muy placentera y lujuriosa.

De regreso a Buenos Aires, quise que Erika se dedicara exclusivamente a exaltar su figura, su belleza, su educación y su simpatía. Tuvo profesor de inglés y otro de italiano, y éste último le enseñó muy bien el idioma al tiempo que ella le enseñaba en compensación cosas que hacían que éste visitara asiduamente mi casa. Solo luego de un año supe que la relación entre los dos no era meramente de profesor a alumna, algo que presentía pero no me atrevía en aquel momento a dilucidar. El placer de imaginarla en sus brazos era mayor que la desilusión de enterarme que no habría pasado nada, de modo que preferí la incógnita.

A los pocos meses un diseñador de máquinas presentó en mi casa sus esbozos acerca de una maquinaria nueva que habíamos ideado. Conocer a Erika y enamorarse de ella fue fácil. Se llamaba Sergio y lo tomé a trabajar en mi fábrica luego de que una noche la preguntara a ella si el muchacho le gustaba a lo que me contestó que si. Pero el sentido de ese si no era el que yo le había dado a mi pregunta, ya que le había preguntado inocentemente si le gustaba como dibujante. La risa de ella me demostró claramente lo que pensaba.

Sus visitas a mi casa se hicieron habituales, y ella comenzó su trabajo de seducción, sentándose en la escalera frente a él con las piernas cruzadas o directamente semiabiertas, su pelo castaño larguísimo, voluptuoso, que a ella siempre le gustó llevar, lacio u ondulado, según el capricho suyo o de la moda.. Esa noche ella me preguntó si yo había visto como el muchacho la miraba. Me abrazó y también me preguntó si me molestaba y como mi respuesta fue que de ninguna manera, suspiró y me abrazó. Y a ti te gusta? Pregunté. Asintió con la cabeza, como hizo siempre que ardía de deseo.

Me pidió una cita, me dijo, no te enojas?. Si te gusta a ti no me enfado mi amor. Comprendió que como marido yo iba a ser una maravilla de complaciente. Lo concreto es que la cita no se hizo. Ella, indecisa o coqueta faltó a la misma. Al día siguiente el chico no le habló ni la miró. Ella se acercaba insinuante sin resultado. Entonces pretextando un trabajo, y tal vez con tanto deseo como tenían ellos dos, me fui de la casa dejándolos solos.

Volví nervioso y sobreexcitado. La situación me había puesto con la adrenalina al tope. ¿Serían mis primeros cuernos, o al menos los conocidos? Volví a la noche. Ella me esperaba vaporosa. No dijo una palabra y cuando nos acostamos me preguntó solamente si no sentía un olor especial en su cuerpo. La abracé y le pregunté simplemente: ¿Cogieron? Asintió con la cabeza, con un suspiro de satisfacción. Nos besamos y ese fue uno de los orgasmos más dulces que experimenté al penetrar su vagina húmeda, lubricada, recién usada, y varias veces por lo que me dijo. ¿De veras no te enfadas?, me preguntó, pues sino le digo que no me vea más. No, mi amor, solo te pido que no lo veas acá, sino en otra parte, por las habladurías.

Y así fue. Estuvieron 3 meses saboreándose mutuamente con bastante asiduidad, y cada vez que volvía a casa ese sabor se extendía hacia mí a través de los detalles que me daba y me ponían en condiciones de hacerle el amor cabalmente. A esa altura ambos nos habíamos percatado que sin ese estímulo yo no podía tener erecciones ni eyacular. Las consecuencias de mi permisividad se hicieron notar prontamente. Su juventud pedía no solo sexo apasionado sino además toda esa pasión exacerbó sus deseos de ser madre por primera vez.

Mis noches de placer con ella no daban el resultado que deseábamos. Acepté de buen grado y con entusiasmo a que fuera Sergio quien pusiera su esperma en ella ya que el mío era infértil. Pero bastó insinuaciones de ella en ese sentido para que el muchacho desapareciera, dejándola desolada y a mi inquieto sin comprender.

No tardó mucho Erika en reemplazarlo en su corazón y entre sus piernas. Un comerciante de artículos de hobbies que la veía pasar por frente a su negocio comenzó a saludarla con requiebros intencionados.

En pocos días ella me dijo que tenía que salir por la tarde a ver a su peluquera por lo cual volvería tarde. A su regreso el pelo estaba tanto o más despeinado que antes por lo cual sonriendo la estreché en mis brazos y la dije: ¿Lo hiciste? ¡Que beso me dio! ¡Que delirio! Que hermoso es sentir que la mujer de uno derrocha felicidad después de una tarde de amor con quien ha elegido.

Supongo que no te habrás arriesgado a hacerlo sin condón, le dije. Me aseguró que no, y que el nuevo amante se haría el análisis de HIV pues quería hacerlo sin preservativo, no solo porque a ella así le place más sino porque ese chico era un hermoso ejemplar de macho, padre ya de 2 hermosas criaturas y otra en camino. Erika deseaba tener un hijo de él. Pero evidentemente algo habría sucedido pues luego de cuatro meses de salidas a cual más apasionada y duradera, Erika no se sentía encinta.

Lo que sucedió era bastante comprensible. El hombre, casado con una hermosa italiana, era requerido por ella todos los días, y claro está no tenÍa esperma maduro para mi mujer. Consultamos a un ginecólogo quien recomendó para facilitar el embarazo que me abstuviera por 24 horas de eyacular, para dar tiempo a los espermatozoides a madurar. El amante de Erika consideró que no podía hacerlo sin levantar sospechas y en un rapto de desilusión mi mujer le pidió que no se acercara más a ella. Otra vez a comenzar.

Lo interesante para el caso es que Erika no tenía problemas en encontrar quien se acostara con ella. Nos pasábamos las noches sopesando las posibilidades que tenía algunos de los hombres que a ella le gustaban como para convertirlos en el amante de turno con vías a lograr su anhelo de maternidad. No quisimos nunca usar métodos de fertilización asistida o utilizar donantes anónimos. Ella, con justa razón, me decía siempre, quiero conocer a quien va a ser el padre biológico, yo lo elegiré por su prestancia y cualidades, y me aseguraba que de ninguna manera iba a renunciar a mi ni a mi amor, pues estábamos realmente enamorados y la felicidad y la sabrosura de ella era mi felicidad. Yo era nada menos que su cómplice y quien le facilitaría la tarea de lograr que sus encuentros con el elegido fueran discretos y apetecibles.

El dueño de un taller mecánico que vivía frente nuestra casa la devoraba con los ojos cada vez que ella salía de compras o simplemente de paseo, y sus miradas eran devueltas con tanto o más ardor por mi mujer. Era tal el deseo que este hombre comenzó a sentir por ella a pesar de estar casado y tener 4 hijos, que la perseguía con su auto cada vez con mayor frecuencia, hasta lograr un atardecer que ella accediera a subirse con él y efectuar un paseo intrascendente. Por la noche charló conmigo acerca del nuevo galán que estaba por incorporarse a mi matrimonio y me pereció bien, ya que no era muy mayor, solo tenía 33 años, vigoroso, atlético, apuesto, buen mozo, educado, de buena posición económica.

Realmente estaba subyugado por mi mujer que no escatimaba esfuerzos por seducirlo con miradas, señales detrás de las ventanas, jeans apretados y esas cosas que las damas ardientes saben utilizar. Erika es hábil en dejar siempre algún botón desprendido de su blusa o usar un top smoll cuando necesita un médium. O sea que a las pocas semanas sucedió lo inevitable.

Una invitación a cenar, transformada en un aviso de mi mujer que iría a ver a una amiga y que no la esperara levantado. Ya me imaginé todo y entré en ebullición. Al llegar, despierto, vi como despacio se despojaba de su ropa para introducirse en mi cama creyéndome dormido, y al notar mi sueño profundo (simulado) quiso despertarme y apoyó sus senos en mi cabeza para que sintiera el olor a tabaco del hombre. Al sentir la suavidad de su piel y la turgencia de sus pechos la abracé y besé largamente.

Luego con sus manos bajó mi cabeza hasta que el olor que sentí no era precisamente de tabaco, sino la mezcla de jugos resultado de la pasión de hombre y mujer.

Esa vagina lubricada fue la apoteosis. Hacía mucho tiempo no tenía una erección de tal magnitud y la aproveché descargando el poco semen que tenía, escaso en contradicción con mi libido supremo. Lo que a mí me faltaba le sobraba al otro pues no cesaba de chorrear semen por su vagina, lo que dejaba bien claro la potencia de este semental. Luego me dijo al oído que estuviera tranquilo pues estaba libre de HIV o cualquier otra enfermedad.

El deseo de Erika de no usar condones obligaba a tener esas precauciones. En una de sus salidas, siempre anunciadas, me pidió que la llevara en mi auto hasta donde se encontraría con Carlos, el mecánico. Vi como entraban a un hotel y quedé esperando que salieran. Volví a casa enardecido de deseo y la esperé despierto que volviera de la cena a la que luego de la faena la había invitado.

No pude menos que comentarle que estaba desesperado por haberla visto entrar con su amante y no haber podido estar allí para verlos. Ella me dijo que era una de las cosas que no permitiría: estar presente mientras cogían. Adopté la costumbre de llevarla y luego de ver como entraban al hotel, entrar yo también con una prostituta y alojarme en la habitación contigua para al menos oír los gemidos de mi mujer en los momentos de placer.

Otras veces en que al salir del hotel se quedaban un rato en el auto, yo a prudente distancia veía como se besaban y acariciaban, para luego ella venir al mío y mostrarme su pañuelo empapado del semen que ella le sacaba con sus artes, si había quedado algo, para vaciarlo completamente. Erika era impagable. Fue y es la mujer que me dado los placeres más lujuriosos en el sexo, señora en mis reuniones de trabajo formales, cortesana tentadora en su función de fabricante de mi cornamenta.

Bueno, tanto va el cántaro a la fuente. Aunque a regañadientes, Carlos obedeció a Erika en soportar los días de abstinencia que dieron resultado a que una noche ella pusiera mi mano en su vientre y me dijera al oído: ya está!. Ah, que placer, mi mujer embarazada por el hombre que deseaba. Pero es para ti, me dijo, ya se lo advertí a Carlos. No sabía como agradecerle, y fue entonces cuando compré un departamento para que no tuviera ya más que ir a hoteles y lo convirtiera en su nido de amor. Carlos vio su salud algo deteriorada pues dar abasto a dos mujeres sensualmente activas, sobre todo que al poco tiempo su esposa quedó embarazada por tercera vez, obligó al muchacho a espaciar sus visitas a mi mujer.

Consecuencia: habían sido dos años de amor sexual que llegarían a su fin. Erika fue implacable. Le aseguró a Carlos que no podía tener un amante que la viera solo una vez a la semana, le dio un beso en la mejilla y le dijo: gracias por mi bebé, adiós.

Como Erika se mostró después de la separación algo aburrida le compré una tienda de ropa interior para que pasara las tardes y allí conoció a un señor que compraba conjuntos de lencería para quien decía era su mujer. Era un diplomático que comenzó a llenarla de flores y requiebros. Los halagos eran tantos y tan contundentes que mi mujer se sintió obligada a responderlos.

Se hizo amigo mío, relativamente digamos, y nos invitaba a fiestas que con cualquier pretexto hacía en la embajada del país africano al que estaba adscrito. No eran solo reuniones formales, pues al término de las mismas se convertían en reuniones íntimas entre ella y él. En esas fiestas tuvimos oportunidad de conocer a un colega mío (profesional se entiende), asiduo concurrente al club Hípico de Buenos Aires, casado, con un hijo adolescente.

Entablamos amistad con el matrimonio, él de nombre Miguel y su mujer María. Las fiestas en la embajada resultaban a Erika tediosas y se hastiaba de los vejetes babosos que la lisonjeaban con oscuros deseos.

Mario, si bien no era un joven, tenía una calidad distinta y pronto nos hicimos socios de ese club y comenzamos a vernos con frecuencia.

Erika tenia en ese tiempo 35 años, la edad en que la plenitud de sus formas llamaba la atención del más casto de los hombres. Miguel no era un libertino, pero vulnerable a la belleza de mi mujer y a la simpatía que ella irradiaba, cayó prendado súbitamente. Eso desmembró a su familia, hasta el punto que Maria prácticamente se desvaneció. No supe más nada de ella hasta hace poco tiempo, en la forma más inverosímil que podrías imaginaros. Pero eso es objeto de un próximo relato.

Miguel prontamente se percató que no solo el cortejar a Erika le permitió acostarse con ella, sino que al contrario de molestarme, me producía una gran satisfacción y orgullo que él fuera su amante. Y además como tenía un alto cargo en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, profesionalmente me interesaba por las relaciones a que prontamente tuve acceso.

La inquietud de Erika por acceder nuevamente a la maternidad hizo que lo planeáramos cuidadosamente. Miguel tenía dos hijos, uno de 15 y una niña de 12, de modo que era fértil sin duda alguna. Además sano, elegante, educado. Era el semental adecuado.

Sin tapujos lo planeamos entre los tres. Miguel se sintió sorprendido pero halagado. Entonces me convertí en un cornudo para él, su cornudo. Cambió algo su trato hacia mí, que de respetuoso y amigable pasó a ser de amo a servidor, aunque jamás con procacidad ni malos modos. Como primera medida me pidió algo que me excitó. Me dijo que si quería que mi mujer quedara embarazada, lo justo sería que lo fuera en la cama de ella, o sea la nuestra, en nuestro dormitorio, ya que en departamento parecería que sus encuentros tenían solo un sabor de aventura pecaminosa.

Prontamente cedí a sus caprichos y a los de Erika. Cambiamos la decoración del dormitorio, lo llenamos de espejos, almohadas de raso, sábanas y cubrecamas cada vez de distinto color, un lujo asiático. La ropa interior de Erika debía ser distinta cada vez, una vez era una odalisca, otra vez una vedette, otra vez una ninfa, otra una vestal romana. Pero yo no podía asistir, eso contaminaría la fertilización.

Ya en esa época comencé a sentirme sirviente de la dupla y al notar mi satisfacción cuando me llamaba cornudo, comenzó a llamarme así. Luego de cenar se dirigían al dormitorio, un día si y otro no, como exigió Erika.

Así estuvieron 20 días hasta que una noche bajó Miguel y me dijo: cornudo, ahí te dejé a tu mujer preñada. Ve a darle un beso.

Allí estaba Erika, satisfecha, con sus piernas como siempre mostrándome el resultado de su unión. Lamí el semen que aún salía de su vagina. Luego la abracé y besé. Tengo un atraso de 4 días me dijo. Me preguntó si me había gustado volver a tener un hijo concebido por otro y sobre todo si no me molestaba el trato descarado de Miguel hacia mí.

Le aseguré que no, y ella me aseguró que me amaba como el primer día y nada cambiaría ese sentimiento. El test de embarazo confirmó el mismo y a los 9 meses nació Juan Manuel.

El tiempo me dio la razón. Los hombres son para ella un instrumento de placer, que comparte con el mío. Aun hoy, en que otros hombres han estado entre sus brazos y sus piernas, y muchos lo estarán, sus besos tienen para mí el mismo sabor que el del primer día.

Lo demás es historia del último año.