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Autor Tema: SEGURO RECUERDAS  (Leído 374 veces)
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« en: Octubre 19, 2007, 10:25:06 » Responder con cita

Yo sé que pensaras igual que yo, Que ya el tiempo ha madurado los recuerdos poniéndolos en su punto como para verlos expuestos, para ventilarlos y por que no decirlo, para disfrutarlos ahora sin esa sensación de pecado que nos envolvía en esos días, aunque justo es reconocerlo esa atmósfera les daba a los hechos una dosis agregada de pasión y deseo.

Yo lo recuerdo en forma salteada. Son imágenes y ruidos como una sucesión de diapositivas y un relato de fondo algo discontinuo. Así te lo cuento.

Teníamos 20 años, esa edad en que estamos ya no en los deseos insatisfechos sino en la lucha por satisfacerlo. Vivíamos en la misma casa. Nuestra hermana mayor, casada desde dos años, y nosotros dos estudiando en la universidad.

Por esas cosas que son fortuitas, peligrosas y excitantes tú y yo compartíamos la misma pieza sin que los mayores hicieran cuestión de ello. Nuestra hermana y su esposo vivían en permanente luna de miel y eso era un factor desencadenante para nuestras promiscuas conversaciones.

Todo comenzaba en la noche, recuerdo de invierno, en que todo el mundo se iba a la cama temprano y en que yo hacía las piruetas más divertidas para sacarme la ropa en tu presencia sin que tú pudieras ver ni una sola de esas partes de mi cuerpo que tú anhelabas ver casi con angustia.

Me complacía en ello porque era algo malvada y me gustaba excitar al máximo tu deseo. Tú en cambio, no tenías esa siniestra intención, tú te desvestías calmada e inocentemente, y yo te miraba porque al final te quedabas con tu solo calzoncillo tenso como una carpa por tu erección salvaje. No hacías nada, simplemente estabas ahí con tu bulto desafiante y yo me moría de ganas de saber que era lo que lo levantaba. Al final los dos, cada uno en su cama.

Y entonces dejábamos de hablar, apagábamos la luz y esperábamos en silencio lo que ambos sabíamos. Nosotros sabíamos lo que ellos hacían en su cuarto, por supuesto que lo sabíamos, pero nunca ninguno de los dos había visto nada. Solamente escuchábamos los ruidos, los sonidos, rítmicos de la cama matrimonial, al comienzo suaves y casi lentos luego, más intenso y más rápidos y allí aparecían en el silencio de la casa los suave quejidos de mi hermana.

No eran de dolor, eso estaba claro. Esos quejidos se hacían luego más evidentes, más nítidos para tornarse en ahogados gemidos hasta terminar en un grito estridente que nos mantenía suspendidos en el aire.

El silencio que venía enseguida nos llenaba de curiosidad. Tú me decías, ¿Oíste? Si por supuesto te respondía, ¿estaban tirando verdad?... ¿qué es tirar? Bueno que él se lo está metiendo... ¡ ¿Y porqué se queja, le duele?.. No creo, se queja de placer, le gusta que se la tire, que se lo meta bien duro, oye, esos calzones eran míos y estaban tibios, tú los oliste y te calentaste, enseguida yo me los puse encima de los míos y nos fuimos a nuestro cuarto.

Esa noche cuando me acosté me saqué mis calzones y me puse los de mi hermana, te lo dije cuando estábamos a oscuras y me dijiste que eso te calentaba más aún, a mí me pasaba lo mismo. Cuando comenzaron a follar nosotros estábamos más despiertos. Mi hermana ahora gemía más que de costumbre, y yo al escucharla apretaba mi sexo por sobre los calzones.

Esta noche lo debe tener más grande, me dijiste, por eso se queja más, no se no creo que pueda crecer más, debe ser como el mío... Quiero saber como es el tuyo, te dije y estiré mi mano introducida bajo tus sábanas y tú me lo pusiste en la mano, era fabuloso duro y blando a la vez, caliente y palpitante. Se movía, estaba vivo, era el primero que conocía y comencé a correr mi mano al ritmo de los quejidos de mi hermana.

Ya no hablábamos, tú te acomodaste para que yo lo tuviera mejor y mi mano se movía de arriba abajo mientras mi sexo latía en forma endemoniada. Al poco rato te corriste en mi mano y tu semen caliente me llenó de sensaciones inolvidables y pensé que el sexo de mi hermana se estaría llenando en ese mismo momento de un líquido semejante.

Esa noche habíamos ido muy lejos y de eso nos dimos cuenta al día siguiente pues la forma de mirarnos el uno al otro había cambiado. Tus miradas hacia mí eran intencionadas, me mirabas con deseo, era una mirada que en ese momento pensé que era sucia, promiscua y sobre todo pecadora. Yo me sentía así un poco sucia, pero terriblemente inquieta y anhelaba con ansias que llegara la noche aunque no sabía bien lo que haríamos. Y la noche llegó.

Nos acostamos y apagamos las luces pero había suficiente claridad con la luz del pasillo. Ninguno de los dos esperó escuchar ruido alguno. Yo me desvestí sin ocultar nada y en segundos quedé desnuda ante ti. Nunca en mi vida he visto un rostro más pleno de deseo que el tuyo.

Me di cuenta que ese efecto lo producía yo y me sentía una Diosa. Entonces te desnudaste y lo vi. Ya lo había sentido en mi mano, pero verlo era aún más impactante, tantas veces imaginado y jamás lo había pensado así como mirándome. Era deliciosamente aterrador. Como si tuviésemos miedo de seguir mirándonos nos metimos los dos en mi cama y nos tapamos hasta la cabeza.

Quedamos en silencio y en ese momento oímos el primer grito de mi hermana al otro lado del pasillo, me montaste como con miedo, pero al ver que te recibía con mis muslos abiertos no vacilaste. No tengo el recuerdo muy claro solo una sensación infinita de placer al sentir el peso de tu cuerpo sobre el mío y mi mano guiándote para que me penetraras.

Ahí.. ahí ... si espera... empuja, ya tranquila, eso quiero ya...ya... ¿Te duele?. No... nada, sigue por favor... eso.. Así, yaa... Yaa ... ¿Entró? Si... ¿te gusta? Me enloquece...

Escucha. Sí... Están follando ahora, nosotros también, quiero gritar, más adentro para gritar, así, grita... quiero gritar como ella... Ayyyyyy. Entero ahí... grita todo lo que quieras..., la tienes toda adentro, así, ... , ayyyy.

Así como ella sii, asiiii.. Me late, me late. Ahí voy a correrme, no, no quiero, no puedo ayy... me llenas, me llenas, juntos ayy. Sí juntos. Juntos...

No sé en que momento te levantaste. Cuando me desperté, mi hermana estaba en mi pieza, pensé en un desastre, nos habrían descubierto, pero no.

Allí estaba ella apenas vistiendo un calzón pequeño y una blusa abierta con sus tetas descomunales y morenas descubiertas como mostrando sabia, reina del placer prohibido, dame tus trucos, no me niegues nada...

Y así fue, así lo hicimos, sin límites sin tiempos y cuando llegó la tarde de ese día genial sabíamos que estábamos ya los tres en el mundo de la más deliciosa promiscuidad.
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