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« en: Octubre 11, 2007, 05:47:30 » |
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Tengo que decir esto o me enloqueceré. Todo comenzó el dÃa que llegó el hermano de mi esposo a nuestra ciudad, sin previo aviso. Ese dÃa mi marido se encontraba ocupadÃsimo en el trabajo que desarrollaba en su oficina que la tiene en nuestra casa. Como su hermano tendrÃa que visitar diferentes sitios en la ciudad, mi marido me solicitó que yo lo acompañara, para que no se perdiera ya que él no la conocÃa muy bien.
Ese dÃa me sentÃa muy tranquila y pensé que serÃa una buena distracción estar de guÃa turÃstica. Me habÃa vestido con minifalda corta, negra con una abertura en la parte de atrás, con medias negras de liguero, tacones negros, una blusa color blanco de seda traslúcida, sostén del mismo color; además la tanga que usaba era de las que se quedan entre mis nalgas y hacÃa juego con el sostén. Eso siempre me mantiene con un poco de excitación extraña. Llevaba en mi brazo, también un abrigo negro para protegerme, pues la ciudad es de clima frÃo.
Como salimos rápido, me despedà de mi marido con un beso inclinándome hacia él. Me pareció por un instante que el hermano de mi marido, al que llamaré Javier, busco la forma de mirar en ese momento debajo de mi falda, pero como siempre nos tratamos de manera cordial, pensé que era mi imaginación.
Cuando nos dirigimos al auto, él me siguió y sentà su mirada en mis nalgas y en mis piernas. Cosa que comprobé cuando me dijo:
- Que bien estás querida cuñada, como se te ve de bien esa falda.
- Siguió: - Eres una bella mujer, ¡Cómo me gustan esas formas de mujer elegante, seductora y conocedora de la forma de atraer hombres!.
Su tono me dejo ver que en verdad, no hablaba de mi vestido sino de mi cuerpo. Tengo que decirlo, mis piernas son delgadas y junto con mis caderas, son las partes que más me miran los hombres. Aunque mis conquistas cuando estaba soltera siempre admiraban mi cara, mi boca de labios finos, mi voz y mi cuerpo de mujer sensual sin ser exuberante, ya que es delgado, y mis senos son pequeños y formas bien definidas.
Por un momento me sentà fuera de lugar, pero no supe exactamente por qué. HacÃa rato no me sentÃa halagada por un extraño.
Como yo conducÃa, él se sentó a la derecha y desde ese momento, miraba con insistencia como movÃa mis pies en los pedales del carro, y como mi falda se templaba y subÃa poco a poco. No hubo un momento en el que no consiguió decirme algo adulador:
- Que linda te ves manejando - Cómo se te ven de bien esas medias - Que bonitos pies - Tu marido debe ser el hombre más feliz teniéndote a ti. Y seguÃa con comentarios cada vez más subidos de tono.
- Oye, ¿hasta dónde llegan tus medias?. O: - ¿PodrÃa mirar ese bello secreto que escondes en tu entre pierna?
Todas esas palabras las recibÃa de una forma extraña y me hacÃan sentir linda, seductora y deseada, aún cuando no era mi esposo. Pero yo tenÃa que hacer que se comportará y para eso le respondÃa en un tono serio que él ignoraba todo el tiempo.
-¿¡Que te pasa!?.
-¡Respétame! -¡soy una mujer casada! -¡Guarda silencio! -¡Que le digo a tu hermano! -Si sigues asà te bajo del carro.... claro nunca se bajaba y a la fuerza no podrÃa
Al principio me sentà un poco asustada, pero poco a poco sus cumplidos me hacÃan reÃr y me hacÃan sentir muy bien.
Asà estuvo toda la mañana, mientras lo acompañaba a los lugares que él requerÃa.
En el transcurso de la media mañana, Javier me invitó tomar algo, por lo que decidimos entrar a un lugar de sillas redondas alrededor de una mesa, en una linda plazoleta de un centro comercial. Él se sentó frente a mÃ, de forma que mis piernas se podÃan ver a través de la mesa que era de vidrio.
Estábamos allà sentados, cuando mi marido me llamó al celular, entonces él se portó de la forma más audaz y si se quiere osada: Me miró descaradamente mis piernas cruzadas, se agachó buscando quedar al frente mÃo y mirar dentro de mi falda y me hizo un guiño acompañado de un movimiento con su lengua, como cuando se está frente a un delicioso postre, que era como él querÃa tenerme. Estaba aprovechándose de la llamada que me mantenÃa ocupada para tratar de comerme con la mirada.
Lo miré sorprendida, pero el guiño y el hecho de que hablaba con mi marido evitó cualquier otra reclamación. Lo que hizo que girara mi cuerpo del lado contrario y de esta forma evitará que él se comportará tan atrevido. Me distraje un segundo y cuando lo busqué con la mirada, me di cuenta que se dirigÃa a una tienda de ropa. Seguà conversando y cuando terminé, lo espere cerca de 10 minutos. Llegó con una pequeña bolsa rosa. Me la entregó y me dijo que me la regalaba.
¿Es para m�, ¿qué es?Me dijo - ábrela...
La abrà y descubrà un par de pantys negros de encaje que tenÃan una forma similar a los que llevaba puestos.
Oye te estás pasando - le dije... Soy una mujer casada, felizmente casada y además soy la esposa de tu hermano, ¿no crees que debes respetarme y respetarlo?...
El muy descarado sólo sonrió
Me dijo que habÃa visto dentro de mi falda unos pantys blancos y pensó que me podÃan hacer juego unos negros, ya que toda la parte de mi vestuario desde mis caderas era negro.... sonreÃ, mÃnimamente para que no lo notara. Al contrario, le hablé con dignidad:
Me parece que no nos respetas. Te pido firmemente que lo hagas sino tendré que dejarte aquà y hablar de ello con mi marido..... esto es en serio, reafirmé
No pareció importarle, al contrario: Me dijo, lo haré si me prometes que ahora mismo buscas la forma de cambiarte esos pantys que llevas por los que te regalé. Después de eso, me comportaré como un caballero. ¿De acuerdo?
No vi mayor dificultad y conforme con que dejara de seducirme, le dije, que aceptaba y que irÃa a buscar un baño para eso... no puso objeción aunque pude ver una luz de picardÃa que no pudo esconder.
Entré al baño que estaba desocupado y comencé a hacer el cambio: subà mi falda lo necesario, bajé mis pantys blancos, los miré y pude ver que estaban un poco húmedos en la zona que tocaba mi vagina; los recogà y los guardé en el mismo empaque de los otros. Saqué los negros, los abrà y vi que tenÃan un encaje y eran prácticamente transparentes. Me parecieron muy sensuales asà que me los vestÃ. Cuando subieron y tocaron mi vulva, por un instante los sentà frÃos. Los acomodé en mis caderas y aprovechando que estaba sola, me subà la minifalda y contemplé la parte de abajo de mis caderas. Vi como apretaban mis intimidades, y como algunos pelillos de mi sexo salÃan por los adornos del encaje. Los ajusté adelante y atrás, acomodé la falda y salÃ.
Pensé: ¿Cómo pudo hacer para descubrir mi talla?,Debe ser un experto en estos aspectos de la mujer, me respondÃ.
Acomodé mi falda nuevamente y me miré en el espejo. Me sentÃa asustada haciendo algo prohibido, pero complacida de ser un objeto de deseo de otro hombre. Esperé un momento para no mostrar mi rubor en la cara y me dirigà hasta la mesa. Me senté y le dije: Ahora si, a comportarte, quiero que de ahora en adelante no intentes avanzar más hacia mÃ, no te permitiré ni miradas, ni cumplidos, ni intentos por mirarme, o cumpliré mi amenaza.
Mi comentario pareció que no lo recibió. No dijo nada, pero tampoco intentó refutarlo.
Tomó el empaque y lo dejó en la silla del lado. Me preguntó cortésmente que si querÃa almorzar allà mismo, y viendo que era un buen sitio, acepté.
Pedimos y comenzamos un almuerzo tranquilo y a hablar de las cosas de su trabajo y el mÃo. Todo iba bien hasta cuando al terminar y alistarnos para salir, él se limpió la boca; pues de pronto, me pareció que lo hacia no con la servilleta que también era blanca, sino con mis pantys. Traté de buscar el empaque y no lo encontré.
Vi como lo pasó por su nariz, por su boca y sus labios. Lo hizo por un par de segundos y de una forma tan segura que no supe que hacer, asà que decidà hacerme la inocente.
Cuando salimos, le pregunté por el empaque y me dijo que él lo llevarÃa. Se comportaba como si no pasara nada, eso me tenÃa desubicada.
En la tarde hizo otras vueltas, hasta que como a las 4:00 PM me indicó que ya estaba bien por hoy. Yo estaba cansada y le dije que irÃamos a casa.
Aceptó y nos dirigimos al apartamento. Mi esposo estaba trabajando y cuando nos vio llegar, nos invitó a la sala a conversar. Mientras Ãbamos, Javier entró al baño. Mi esposo me cogió de la cintura, se hizo enfrente mÃo, me besó apasionadamente y me rogó que me quedara asà por que estaba muy linda y querÃa admirarme. Probablemente tenÃa todas mis hormonas hirviendo, y él ingenuamente pensaba que era sólo cuestión de mi belleza. Ustedes deben entender; soy una mujer y tanto halago tiene sus efectos.
Pues bien, nos sentamos en el sofá los dos, yo cerca a mi marido y él en el sillón del frente. Me recosté en el hombro de mi hombre y subà las piernas en el sillón, dejándolas cerradas, para no mostrarle mi sexo a Javier que de seguro buscarÃa la forma de mirarme.
Estuvimos hablando y hablando, hasta que comencé a oÃr comentarios de Javier sobre su antigua novia, que cada vez se hacÃan más y más personales. Mi esposo se veÃa interesado de cada revelación que Javier le hacÃa, pues los temas eran cada vez más sexuales.
Yo me encontraba un poco intranquila pero también halagada por lo del dÃa. Me distraje un momento, hasta que le oà un comentario a Javier que me dejó perpleja:
-A Martha (que asà se llamaba su antigua novia), le gustaba usar sus pantys, siempre que yo se los dejara untados de mÃ.
¡No pude creerlo!
¿Cómo? - exclamé, No tanto buscando explicación, sino tratando de entender lo que me pasó
Él de forma directa, me dijo:
- Si, Martha se ponÃa sus pantys siempre después de que yo se los llenaba de mÃ, ya sea con el lÃquido de los hombres, tu sabes, o ya sea con el olor que impregnaba cuando los restregaba en mi sexo.
Quedé aturdida. Él no podrÃa ser capaz de hacerme eso, No creo, que me haya hecho lo mismo; pensaba.
Recordé que al ponerme los pantys los sentà frÃos. ¿No serÃa que estaban húmedos?
Inmediatamente, mis piernas se cerraron un poco más como pensando que sus jugos han estado tocando los labios de mi vagina. Mi instinto me decÃa que si cerraba las piernas, no los dejarÃa entrar dentro de mÃ.
Al principio sentà rabia, odio, mal genio, confusión, me sentà ultrajada, traicionada.... pero también me sentà sensual, infiel, poseÃda. Otra vez no supe que hacer, asà que no hice nada.
Los siguientes minutos, mi mente sólo pensaba en que cada instante un poco de sus jugos se mezclarÃan por primera vez con los mÃos. Además era la primera vez que tenÃa la leche de otro hombre, diferente de mi marido en los labios de mi vagina.
Recordé que esos pantys estaban entre mis nalgas, que yo los ajusté más para que tocaran cómodamente mis labios vaginales. Que camine con ellos y en cada movimiento ellos se restregaban en mi.
Me excité. pero guardé silencio.
Estaba en mis pensamientos cuando mi esposo salió un momento a comprar algo de comer en la noche. Fue cuando él me miro a los ojos, con pasión y deseo. Yo no pude mantener la mirada y me sentÃa incomoda. Vi como otra vez miraba descaradamente bajo mi falda y me mostraba su sexo cubierto por unos pantalones que le quedaban bien por que le marcaban la forma tanto de sus nalgas como su pene.
De forma directa me dijo:
-Saboreé tus jugos de los pantys blancos, ahora mismo en el baño lo comprobé mirando y oliendo tus pantys que ahora serán mÃos. Sé lo excitada que te traigo. No lo puedes negar, te mantuve húmeda mientras te cortejaba en la mañana.
Seguidamente, se abalanzó hacÃa mi.
Intenté salir para ir al baño, pero cuando iba a retirarme, Javier se paró rápidamente y me empujó en forma delicada y segura hacia el sillón, se arrodilló y entreabrió mis piernas, pasó sus manos por debajo de ellas y se apropió de mis nalgas, rápidamente me palpó de la forma más descarada, me subió la falda, corrió los pantys llenos de su leche, sacó su herramienta, mientras su mirada me demostraba el intenso deseo que querÃa calmar en mi. Sentà como ese duro palo de hombre pasaba desde la punta de mi vagina hasta mi Ãntimo agujero posterior. Besaba mis piernas, mis caderas, me cogÃa los pies, palpaba tranquilamente todo mi sexo, poniendo y restregando la palma de su mano, su cara, su boca.
Me saboreó por algunos segundos, luego sentà una presión fuerte en mi sexo. Era su pene apuntando directamente en mis labios vaginales.
Abrà los ojos con terror - ¿¡Qué me vas a hacer!?, le grité. Hizo una expresión de pasión que me sedujo completamente. Por lo que callé y concentré mi vista a nuestros sexos, hasta que me penetró. En ese momento, le dije:
- ¿¡Que haces!?, estás penetrándome, como te atreves. Pero era demasiado tarde.
Mi respiración me delataba, mis ojos se perdieron cuando sentà a ese hombre dentro de mÃ. Mi voz estaba entrecortada y sólo se me salÃan pequeños gemidos:
Ohhh, ¡ noooo Ahhh, ahhh, No me la metas, ahhh, ahhhh
Mi rechazo cada vez era más débil. Ahhh, Ahhh, ¿Qué me haces?
¡Por favor!, nooo, ahhhh, ¡Cómo me comes!, ahhh ¡noo, papito, nooo, ahhh, que me haces gozar, noo nooo¡ por favor, por favor, ahh, ahh
Él no me hacÃa caso, puso sus manos en mis caderas y sacó mi culo más; de esa forma me penetró otro tanto. Sentà una herramienta más gruesa que la de mi marido, con una forma curva, muy dura que me invadÃa, no tuve tiempo de decir nada por que sus manos subieron a mis tetas, desabotono el brassiere de adelante y me las cogió de abajo hacia arriba varias veces, lo que no pude resistir, asà que puse mis manos sobre las suyas y las acompañé en ese movimiento.
¡Que hombre para coger las tetas de una mujer!
Me las acariciaba, me las apretaba, me las lamÃa, me manoseaba toda, sin mi permiso. Pero lo hacÃa de una forma tan decidida, que yo solo atinaba a dejarme hacer, me tenÃa sumida a sus deseos; es mas, estaba sintiendo, suplicando y rogando que me hiciera suya.
Oà hablar en el pasillo de afuera. Volvà a la realidad, me preocupe y le dije:
- Oye que mi esposo no demora, ¡Sácala por favor, sácala!, mientras inconscientemente mis caderas seguÃan el ritmo de sus embestidas. Nos restregábamos sin dejar un milÃmetro de nuestras pieles en contacto. Mis piernas se abrÃan para permitirle que me penetrara con mayor profundidad.
No pude resistir la tentación de sentir esa dura herramienta haciéndome el amor: TenÃa un pene muy duro, dentro de mÃ, con una forma y un grosor tan espectaculares que me hurgaban más y más y me volvÃan loca.
Ya no hablábamos, él ponÃa su boca en mi oreja y respiraba allÃ, eso me calentaba más. Cogimos un ritmo fuerte pero delicioso, no paraba de tocarme las tetas, las piernas, los pelillos de mi vagina. Se mojaba la mano con nuestros jugos y me la pasaba por mi boca, haciéndome chupar.
Yo literalmente cabalgaba a ese hombre totalmente abierta de piernas y sostenida por sus manos en mis nalgas, saltaba decididamente en busca de su herramienta y restregaba mis labios vaginales, mi clÃtoris y mis pelillos alrededor de ese pene que adentro exploraba muchas zonas Ãntimas. Mi espalda en el sillón y mis piernas empujando su trasero para que me penetrara me producÃan una sensación de placer inmenso. VeÃa como sus manos amasaban mis tetas y eso me impulsaba inconscientemente a buscar mayor penetración.
De pronto me dijo, no saldré de ti sino hasta que te llene de mi leche.
Comprendà que serÃa de ese hombre. Rápidamente recordé que estaba en el momento adecuado para ser preñada, y le dije:
-¡No que me preñas!, no me llenes de tu leche.
Mientras él se revolcaba con una firmeza que me dejaba aturdida, ¡cómo me follaba!, por Dios. Le vi su determinación en su expresión. No dejábamos de mirarnos nuestras enrojecidas y excitadas caras y vi como se le acercaba el orgasmo.
Me miró y cuando pensé que tenÃa el control, que podÃa sacarlo de mi, sentà que su herramienta creció en largo y ancho, lo que me enloqueció, Decidà esperar un segundo para sentir a ese hombre en mis entrañas antes de empujarlo fuera, pero un delicioso y muy intenso orgasmo hizo abrirme más y más para recibirlo, hasta que me oà diciéndole:
-Hazme tuya, papito, préñame si quieres, más y mas......
-Ahhhhhhhhhhh, ahhhhhh, gritamos los dos mientras nos chupábamos, nos besábamos con la boca abierta y penetraba con su lengua lo más profundo de la mÃa.
Estábamos desbocados y no parábamos, sentÃa todos los chorros calientes de su leche dentro de mi y le pedÃ:
mmmmmássssssssss, mmmmmásssssssss dame toda tu leche, papito, gózame, úsame, seré siempre tuya, ahhhhh
Asà fue: durante un minuto me llenó de su leche a borbotones, vibraba mi vagina y su pene cada uno a su ritmo. No paraba de moverse tocándome todo el interior de mi cuerpo en cada embestida. Era la forma más rica que he sentido al hacer el amor. Lo sorprendente fue que en menos de tres minutos sentà como me mandó su segunda carga mientras nos besábamos apasionadamente. Aquà yo ya era de ese hombre, sentà que nos entrelazamos en una unión perfecta basada en esa entrega Ãntima de dos cuerpos.
Lo miraba mientras sentÃa una mezcla de pasión, de sumisión, de amor, de picardÃa, cuando me dijo:
- Mira como te sale una verga diferente a la de tu esposo. Si él la ve, sabrá que tú la llenaste de tus jugos por que la deseabas.
Levanté mi cabeza y vi como salió de mi interior su preciosa herramienta, toda húmeda, toda gruesa, llena de venas. Sus palabras directas, me excitaban. Por un segundo la deseé nuevamente y de manera automática lo empujé con mis piernas hacia mÃ. Aproveché para llevar mis manos a sus nalgas e hice más esfuerzo para que nuevamente entrara. Vi como me tragué nuevamente su pene y gocé lentamente, mi pelvis se movió y aproveché para sentir cada milÃmetro de su órgano. Pero él manteniendo el control, lo sacó lentamente otra vez y lo tomó de la base. Con su miembro me comenzó a dar pequeños golpeteos en mi vagina como si fueran latigazos. Me sentà toda suya. Cerré los ojos y nuevamente me penetró. Aproveché para que mis piernas y mis manos lo sostuvieran mientras me restregaba para tener un orgasmo más suave. Cada movimiento era más y más Ãntimo me sentÃa en la gloria. Llegué a mi orgasmo y cuando pugnaba lentamente, otro chorro de su leche me invadió. Fue delicioso. Manaba su leche como una fuente.
De pronto oÃmos un ruido exterior y rápidamente, nos separamos, hasta que cobramos un poco de conciencia. Pero sin preocuparse por el tiempo, él se salió de mÃ, me volteó, besó mis nalgas, mi ano, mis piernas. Fue tan sensual que acabé deseándolo nuevamente.
Luego sin decir nada salió para el cuarto que le habÃamos dejado.
Detrás yo salà al baño, cerré la puerta y puse mis manos en el lavamanos. Respiré, poco a poco me fui calmando, mojé mi cara, respiré cada vez más pausadamente y luego acomodé mi falda, mis pantys, mis medias; me mojé la cara y salà dejando en el rubor de mis mejillas y en el interior de mi vagina, la huella de la mujer que siendo casada fue infiel, aún cuando ama a su esposo.
Autor: Casada Infiel
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